El recién nacido necesita un amor incondicional 5/7
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- Categoría: El tesoro de ser varones y mujeres
Nadie podrá negar que el nacimiento de un hijo irradia alegría; la vida siempre es una bendición. No se nace con cerebro unisexo; es algo obvio para los propios ojos: o se nace niño o se nace niña. No hay confusión. Tenemos que resaltar que la vida es un don único e irrepetible. Continuando con esta edición de «Un ancla en la tormenta», el P. Óscar García Mulet, sacerdote y educador, Cooperador de la Verdad de la Madre de Dios de Valencia, España, nos deja claro que no hay engaño en la naturaleza. El gran sufrimiento de los niños no es pasar hambre o no tener móvil o tener problemas de salud. El problema es que no es amado, que no ve un signo de amor verdadero en sus padres…
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Vivimos en una sociedad que persigue desenfrenadamente el placer y, por tanto, está más necesitada que nunca de la templanza, la última de las virtudes cardinales que abordamos en este bloque de «Un ancla en la tormenta». D. Tomás Trigo Oubiña —doctor en Teología Moral, especializado en las virtudes y profesor jubilado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra— explica que esta falta de dominio de sí arraiga desde la herida dejada por el pecado original, que destruyó la armonía propia a la naturaleza humana. Desgrana las virtudes que son imprescindibles para vivir esta virtud y los extremos que debemos evitar.
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